Ring, ring (sí, todavía sonaba “ring”, porque además era en casa de mi Super Abuelita, el teléfono del pasillo…).

-¿Bueno?

-¿Luzma?

-Sí, ¿quién habla?

-Soy Ricardo, te tengo una buena noticia.

-¿Qué pasó?

-Ya tengo en mis manos el primer ejemplar de ARQUITECTURA DE MÉXICO, HISTORIA EN ACUARELAS. – Perplejidad, piel chinita…- ¿A qué hora quieres venir por él a la imprenta?

-A las 10 estoy ahí.- Cuelgo, siento como se me llenan los ojos de lágrimas, en un profundo y alegre silencio que rompe en un grito- ¡Abueeeeeee!!!!!

-¿Qué pasó hija?

-¡Ya está!!!!! Me voy a bañar y me voy a la imprenta.- Abrazos, risas, felicidad compartida, reconocimiento profundo del mérito a la necedad infinita, que preferimos llamar fe y perseverancia.

Había pasado el año anterior en el loco proceso de hacer realidad el primer sueño: que la colección de acuarelas con sus textos se convirtiera en un libro, desde tocar puertas y hacer horas y horas de antesalas, regresando a casa sin éxito y con la moral hasta el nivel de aguas freáticas…, hasta entregar al diseñador gráfico el material para convertirlo en hecho, una vez que la última puerta se abrió, en una especie de trance de incredulidad esperanzada. Esta es toda otra aventura que a lo mejor en otra ocasión me animo a escribir, ¡pero el chiste era que el mentado libro ya estaba!

Minutos antes había sonado otra vez el teléfono para anunciar el otro nacimiento, el de mi tan esperada sobrina Daniela, la primera nieta de mis padres. Desayunaba con su madre/mi hermana, también Daniela, todos los miércoles después de mi clase en el Ballet de la Ciudad de México y platicábamos, ella de sus sensaciones, de sus gustos, preocupaciones y miedos (ahora sé lo justificados que eran…) de ser madre de una niña; yo de mis aventuras profesionales, en un camino extraño que nadie en mi familia había seguido.

Se juntaron las dos cosas y en un día como hoy, pero hace 20 años, pasé primero a la imprenta a recoger el primer ejemplar de la edición producida por el ya inexistente Banco del Atlántico (que me encantó que justo ese año modificaron su logotipo por el de un velerito…),  y de ahí me fui al Hospital Ángeles a partir la rosca de reyes con toda la familia para festejar a la recién nacida –que por cierto salió artista- y a la madre que la dio a luz. ¡Qué privilegio! ¡Feliz cumpleaños a mi sobrina y a mi libro – su primer primo! ¡Siiiiiii!!!!! Estasooooon las mañaniiiiitas que cabtaaaabael reydaviiiiid...

Del libro, qué curioso que ahora se esté desplegando, aunque sea parcialmente, en los museos de 5 estados, y que ahora exista en versión digital, pero todavía inaccesible a un mayor público, como fue el caso del impreso, del que sólo se hicieron 3,300 ejemplares para sus clientes distinguidos. Me hubiera gustado tener de ambos ya disponibles en las exposiciones pero no se pudo. Hay quien dice que las cosas salen cuando uno quiere, pero yo no estoy tan segura; quizá se refieran también a la parte inconsciente sobre la que uno no tiene control (… lo que podría querer decir que no lo he querido suficiente aún…), o de plano no contemplan que hay cosas que dependen de más de una voluntad, o que hay otras que en sí mismas tienen voluntad propia… la historia de esta colección parece ser otra muestra. ¿Alguien vio “El Violín Rojo”?

 

Ciudad de México, a 6 de enero de 2013.

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