Hace muuuuchos años me lancé a Bellas Artes a ver/escuchar/contemplar la ópera de La Flauta Mágica de Mozart. Mozart = ¡garantía!, me había dicho a mí misma. Debo confesar que una desangelada puesta en escena, a la que se sumó una pedante intolerancia mía ante unas notas que consideré desafinadas -que en su momento me parecieron indignas del recinto…-, y voces de solistas que se perdían por falta de fuerza en el discurso de los instrumentos, que también pudo haber sido un problema de dirección –pero entonces yo no lo sabía-, tuvieron como efecto que me decepcionara y me saliera del espectáculo. Obviamente en ese momento de mi vida, estaba mucho menos consciente de lo que estoy ahora respecto al valor de la composición y de la trama, más allá de la calidad de las interpretaciones. En mi enorme ignorancia, me había parecido también que seguramente lo de una serpiente y un fulano disfrazado de pajarraco en escena eran parte de lo pésimo de la producción. No volví a darle importancia ni atención, porque había muchas otras cosas que me gustaban para invertirles tiempo, y en aquellos días me daba más por bailar, leer y el cine, que por la ópera.
 
Tuve después la fortuna de ver la maravillosa película de Amadeus, versión del director (la de Milos Forman…), en la que justo la susodicha obra se maneja -o así lo percibí yo-, como que Mozart la había escrito para el pueblo, casi en tono despectivo o muy elemental, pues, aunque diversas arias no tuvieran absolutamente nada de simples; como para “verla para abajo” creí que era el mensaje, mientras que tenía otras “mejores” que había escrito para el mismísimo Emperador (que por cierto, según la película, tampoco era muy docto en las profundidades de la música...). En esta trama, hasta Constanza, esposa del compositor, se molesta con él porque le dedica tiempo a La Flauta, en vez de al Requiem, que era una comisión aparentemente de mucho dinero y por ende considerablemente más importante, con la lógica de hoy. 
 
El sábado pasado tuve que reacomodar toda mi concepción.
 
Asistí a la conferencia/taller “Los Símbolos en La Flauta Mágica de Wolfgang Amadeus Mozart y su relación con el Proceso de Individuación de Carl Gustav Jung”, de Miguel Alcázar en el Archivo Histórico y Museo de Minería de Pachuca, Hidalgo. El músico/investigador/psicólogo comenzó por dar antecedentes tanto de Mozart, como de la Teoría de los Arquetipos de Jung –que últimamente he traído entre ceja y oreja por movimientos internos personales, de dragones y otras cosas-. Después fue pasando un magnífico video de la ópera que iba interrumpiendo para explicar las relaciones entre ambos temas y el hecho de que el gran compositor había formado parte de una logia masónica, de cuyo simbolismo y manejo filosófico también está impregnada la obra.
 
Interesantíiiiiiiiisimo… Aprendí muchíiiiiiisimo; disfruté más de lo normal y lo atribuyo a las nuevas sinapsis provocadas… ¡Gran lección!
 
No puse atención al año de la producción del dvd ni a los nombres de los cantantes, porque también debo confesar que, dados mis antecedentes con el primer tema, fui más por el cariño y admiración que les tengo tanto a mi amiga Belem Oviedo, directora del lugar de los hechos, como al Maestro Alcázar. Comparto intereses con ambos, que apenas ahora supe que se conocían entre sí. Además me alboroté con asuntos míos que conecté con la experiencia y que, de repente y por fortuna, hicieron clic… De datos, sólo recuerdo que era una grabación de la Compañía de Ópera de Münich y que el tenor era Francisco Araiza, también paisano, a quien no he tenido la oportunidad de escuchar en vivo, pero que como se sabe, ha sido un gran embajador de la calidad mundial que puede construir un virtuoso mexicano. Los demás eran europeos: un barítono (“regio”, como diría mi tía Alicia…), tres chamacos y dos bajos lo que sigue de estupendos… y así…
 
De las relaciones y los aprendizajes, no quiero contar porque les echo a perder el chiste de tener la experiencia de asistir a la siguiente conferencia/taller que el Maestro Alcázar dé, y que altamente la recomiendo, especialmente si -como es el caso- la obra está en posibilidades de ser vista/escuchada/contemplada en vivo próximamente. Se presenta la oportunidad de reposicionarla en mi estructura psíquica, en el mismísimo recinto en el que me avergüenzo de haberla descalificado. Con toda mi admiración hacia sus creadores, sus intenciones y sus propuestas –que ahora veo de otro modo-, quiero abrirme a las interpretaciones y a todas las decisiones que se tienen que tomar para ponerlas en escena; aquí en México, ahora; tanto tiempo después y tan lejos de donde tuvieron origen pero que por su profundidad, están increíblemente vigentes y son necesarias, especialmente por cómo andan las cosas... Espero no volver a perder el fondo por la forma y quiero confiar en que todos harán muy bien lo suyo, como lo presencié en la última Bohéme que vi… He aquí la invitación que nos hacen:
 
 
Y bueno, ya: ¿Por qué no proponer a las Autoridades de Bellas Artes de la Dirección de Música y Ópera, de las que Miguel Alcázar depende en su carácter de Solista Concertista de Guitarra e Investigador, que organicen una conferencia –o varias- antes de que empiece la temporada? Difundir el conocimiento de algo, aumenta el potencial de que sea valorado y apreciado. Dice el dicho “Bien se ama lo que bien se conoce”… Estén pendientes pues…, por si de casualidad alguien me hace caso…!!!
 

Ciudad de México, a 4 de febrero de 2014.

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